Este espacio es creado para compartir un proyecto estudiantil elaborado durante el curso de Historia del Arte Agosto-Diciembre 2007.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Grecia y Roma

El arte griego floreció entre los siglos VII y II antes de Cristo; se caracteriza por su idealismo estético, proporcionalidad, equilibrio de los elementos y su interés por reflejar la expresividad genuina en la figura humana. La sencillez, el ritmo, la claridad y la unidad dominan todas sus formas artísticas; los griegos alcanzaron sus mayores logros en la cerámica, la escultura y la arquitectura. En los períodos arcaico y clásico, se representaban a los hombres desnudos, pero se prefería que las mujeres esculpidas aparecieran vestidas. Los artistas gozaban de bastante libertad en el momento de decidir los ropajes con que iban a cubrir sus estatuas. Fue en el periodo arcaico donde se empezó a observar pliegues detallados que ocultaban unos pechos robustos, una esbelta cintura y un muslo redondeado. En menos de dos siglos los escultores habían desarrollado técnicas y fórmulas que les permitían mostrar las figuras femeninas vestidas como mujeres vivas que llevasen ropajes de telas flexibles. La habilidad para conseguir un progresivo naturalismo es muy notable.

Ya para el periodo Helenístico el desnudo femenino era un nuevo tema en el arte griego. Es realizado con naturalismo no sólo de forma y detalles, sino también de acción. El cuerpo femenino empezó a apreciarse en el arte, tanto que su éxito casi eclipsó al desnudo masculino. Las siguientes esculturas son características de ambas transiciones descritas. En la primera observamos el movimiento del vestido, una tela muy fina y delgada típica de todas las ilustraciones griegas, se observa el cuerpo femenino (sobre todo los senos), se observan manos y pies mejor esculpidos que otras culturas (poseen formas naturales), así como expresión en el rostro. La segunda escultura es una mujer desnuda, con su cuerpo en una especie de “S” (muy común en los cuerpos griegos) y no con un pie adelante en señal de avance como los egipcios; con su mano sobre su pubis (ya sea en señal de modestia o en representación de la diosa Afrodita). Esta cultura representa mujeres ordinarias o diosas mitológicas. El ideal de belleza y perfección es muy particular.

La gloria de la escultura romana fue indudablemente el retrato. Éste tiene su origen en el arte etrusco, en el mundo griego helenístico y en las imágenes mayorum (máscaras en cera de los muertos que se guardaban en las casas para rendirles culto y sacarlas en procesiones). Los materiales más utilizados en el retrato fueron el bronce, el mármol, la piedra, pero se sabe que existían las de madera, yeso, terracota, bronce, oro, plata y marfil. En cuanto a las figuras femeninas, las más antiguas tienen sutil talle, acentuada nariz y barba saliente; las posteriores llegan a ser obesas y en el tocado y la caída del manto semejan presentar antecedentes de las matronas romanas.

Entre las diferencias con la escultura griega se encuentra los cuerpos femeninos sedentes; los peinados marcados con el pelo recogido hacia atrás y una especie de tupé sobre la frente (como en el retrato de la emperatriz Livia). Después el peinado se abulta y los rizos se hacen más amplios, por tanto, se acentúan los claroscuros y hay más movimiento, que se ve reforzado porque la cabeza comienza a girar (como en el retrato de Julia, hija de Tito). Los retratos buscan no sólo la apariencia física sino la vida íntima y la personalidad del retratado; no se encuentran idealizados, si no naturales. No se ven cuerpos femeninos desnudos.

En general la escultura romana enfatiza los acontecimientos históricos y las personalidades públicas, reforzando así su sentido propagandístico; llega ha alcanzar gran profundidad psicológica. Los relieves aparecen en los arcos de triunfo y las columnas conmemorativas. La escultura expresa el poder del Estado, pero también hay una escultura privada en la que se representan los dioses protectores del hogar, y se copian las grandes obras del pasado, sobre todo griego. Durante la época romana se rompe el canon clásico y de composición griego; es decir que no se busca la perfección e idealización, si no una fiel copia de la realidad humana.